martes, 17 de enero de 2012

España, tierra de conejos

Cada cierto período de miles de años, acontece en La Tierra una etapa glacial en la que las temperaturas bajan y los hielos de los casquetes polares avanzan hasta cubrir buena parte de los continentes.

El último de ellos sobrevino hace unos 80.000 años, significando drásticos cambios para la humanidad y el propio planeta en sí. Algunas tierras quedaron absolutamente inhóspitas al quedar cubiertas por los glaciares, el nivel del mar se redujo considerablemente (bajando hasta 100 metros) y se abrieron pasos entre distintos continentes e islas cercanas, algo que tuvo una enorme importancia en la expansión de la humanidad por todo el globo terráqueo.

Dicha etapa es conocida como la glaciación de Würm, cuyo momento más crítico aconteció hace 18.000 años, cuando gran parte de Europa se encontraba cubierta por un espeso manto de hielo que se extendía desde la mitad de Francia hacia el resto del continente.

Aquella masa helada, y la bajada de temperaturas asociada, provocó la adaptación de los animales al austero entorno, pero también empujó a otros hacia condiciones más favorables al sur, incluyendo al propio Homo sapiens. Uno de aquellos animales fue el conejo europeo, que tuvo que refugiarse en el sur de Europa, limitando su área de distribución a la península Ibérica, la mitad suroeste de Francia y una pequeña franja costera entre Túnez y Marruecos.

El conejo era pues prácticamente exclusivo de nuestro país y un gran desconocido para las culturas que fueron floreciendo en el mediterráneo y que arribaron a nuestra patria; fenicios, griegos y romanos. De hecho las primeras menciones documentadas datan de los historiadores Polibio (II a.C.) y Estrabón un siglo después. Su extrema proliferación era tal, que el nombre de nuestro país puede tener su origen en ellos. Algunos estudios etimológicos hacen referencia a que Hispania (y por derivación posterior, España), proviene de la voz fenicia i-shepham-im o i-spa-ya según otros textos, que al parecer significaba "costa o isla de los conejos”.

Los romanos, sorprendidos por la abundancia del animal, no tuvieron reparos en adoptar dicho nombre, incorporando la H por algunas leyes fonéticas propias. Y, aunque otras teorías postulan otros orígenes, por ejemplo su similitud a la ciudad Hispalis (en fenicio Ispani), parece que la teoría del conejo cobra fuerza, en tanto que otras personalidades históricas del imperio romano hicieron referencia a la misma.

Aquella abundancia de conejos tenía una clara explicación: De una parte la ausencia de grandes depredadores en aquella época, en la que salvando al lince, zorros y algunas rapaces, el conejo vivía relativamente tranquilo. Puede que también residiese en el secreto alimenticio de los conejos, vegetarianos sí, pero que practican una “habilidad” gastronómica denominada cecotrofia. Este curioso comportamiento obedece a que el conejo necesita hacer una doble digestión de los vegetales, en primera instancia las bacterias de su aparato digestivo digieren la celulosa, de la cual resultan los cecotrofos, unos excrementos verde oliva, blandos y brillantes que el conejo vuelve a ingerir, pues son ricos en bacterias y proteínas sin las cuales el conejo moriría. Tampoco debe resultarnos excesivamente escatológico, pues otros animales practican otras modalidades de doble digestión, como los rumiantes.

Un pequeño gazapo que atrapé con mis manos este año

No obstante, el principal factor está asociado a la extraordinaria capacidad reproductiva de este mamífero. Para que nos hagamos una idea, una pareja adulta puede tener entre 4 y 12 crías por camada, con un periodo de gestación aproximado de 1 mes y una entrada en celo casi permanente. Todo ello unido, hace que al año una pareja pueda engendrar perfectamente unas  60 crías. Éstas a su vez alcanzan la madurez a los 6 meses, lo que, en condiciones óptimas y a nada que se relíen un poco, hace que en un año podamos encontrarnos fácilmente con más de 300 conejos a partir de una sola pareja, 6 meses más tarde podrían ser 4500, y así seguirían creciendo exponencialmente.

Puede parecer una exageración, pero algo así sucedió en Australia en 1859, cuando el avispado granjero Thomas Austin, introdujo unas pocas parejas para la caza en el sur del citado país. Tres años después, sin un solo depredador claro que los diezmase, unos 14 millones de conejos habían invadido una superficie casi equivalente a la de media España. La lucha contra el conejo se inició desde todos los ámbitos, aunque tampoco es que estuvieran muy iluminados en la adopción de algunas medidas. Sin ir más lejos, en la introducción de zorros como depredadores, que por el contrario pronto aprendieron a cebarse en la fauna autóctona, más lenta que el huidizo conejo y no acostumbrada a ningún predador similar. Hoy, se estima que existen unos 300 millones de conejos en Australia, al margen de otro incalculable número de zorros, así que, ahí donde lo vemos con su gracioso aspecto, están catalogados entre las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

Volviendo de nuevo a la época de las nieves, tras el mencionado periodo crítico, los hielos empezaron a derretirse y retirarse, y las aguas volvieron a anegar las zonas costeras. De hecho, el momento culmen nos lleva incluso al bíblico diluvio universal, cuya explicación científica está asociada al derrumbamiento del dique natural que separaba el Mar Mediterráneo del entonces Lago Negro, hace unos 7500 años. El aumento del nivel del mar durante miles de años antes, entró en el lago (hoy en día Mar Negro) con una potencia semejante a 400 o 500 veces las cataratas del Niágara, devastando las costas que rodeaban al mismo en media Europa central.

La fisonomía terrestre había vuelto a cambiar, pero para los conejos simplemente representó otra oportunidad más de expandirse desde el reducto español. Y así lo hicieron lentamente por casi toda Europa, aunque en la mayoría de las ocasiones con la inconsciente complicidad humana que los iba llevando de un lado para otro. Desaguisado que el propio hombre ha tratado de arreglar posteriormente a cualquier precio, por ejemplo mediante la introducción del virus de la mixomatosis en Australia en 1950, con el que cayeron 500 millones de conejos, todo un éxito dado el desastre ambiental que 100 años antes el granjero Thomas había originado.


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En el vídeo, un conejo que vi en la carretera cegado por la mixomatosis

Pero este tipo de poder es peligroso según en qué manos se encuentre, y en 1952 el médico francés Armand Delille, creyó ver la solución a la plaga de conejos que arrasaba los viñedos de su finca, soltando unos cuantos conejos infectados por el virus en sus inmediaciones. Sólo dos años después los conejos casi se extinguen de Francia y este virus, junto a otras enfermedades posteriores, llegó a España poniendo en jaque la supervivencia de los conejos. El daño ocasionado en otras especies que dependían de este animal fue brutal, hasta el punto que el águila real y el lince se encuentran desde entonces al borde de la desaparición.

Este es un aspecto que no conviene olvidar, y a veces me resulta curioso observar la animadversión que se tiene contra algunos depredadores autóctonos (lince, zorro, etc) y también respecto a otros introducidos hace siglos por los árabes (gineta y meloncillo por ejemplo), a los que se les achaca la escasez de cacería. Ellos simplemente tratan de sobrevivir y en cualquier caso la situación obedece a otros errores humanos.

Hoy en día el conejo también se ha convertido en mascota habitual de nuestros hogares, existiendo multitud de variedades en el mercado, que fueron creadas en su momento a partir de la combinación de distintas razas, aunque el origen de éstas tuvo inicialmente otros objetivos menos afectuosos: cárnicos o peleteros.

En lo que respecta al conejo silvestre, éste ha intentado recuperarse desde entonces, sobre todo a partir del año 85 en el que se autorizó la inoculación de una vacuna y su implantación en multitud de cotos. Pero en honor a la verdad, el país que lleva su nombre, la denominada la tierra de los conejos, casi se queda sin ellos. Nombre que posiblemente pueda parecernos poco glamuroso, especialmente cuando lo comparamos frente a la fuerza o personalidad que tenían otros como Icelenad (Islandia, tierra del hielo), Ireland (Irlanda, o Eire, tierra de la fertilidad), Greenland (Groenlandia, tierra verde) o Finland (Finlandia, tierra del fin)... si bien a la postre, y aunque sea sólo en lo fonético, quizás también debamos a ellos el poder entonar últimamente con bastante orgullo aquello de: yo soy español, español, español...

(Publicado en junio de 2011 en Morón)

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