domingo, 14 de agosto de 2011

Del púrpura al carmín de cochinilla

William Henry Perkin, era el séptimo hijo de un carpintero y constructor londinense de mediados del siglo XIX. Nacido en 1838, fue un entusiasta de los experimentos químicos desde pequeño, y con tan sólo 15 años consiguió ingresar en el Colegio Real de Química de Londres a pesar de las reticencias de su padre, que quería que fuese arquitecto.

Por aquellos años, el colonialismo europeo se había extendido por todo el mundo, pero además de arrasar con las riquezas de los países usurpados tuvo otras consecuencias menos “provechosas” para los invasores, ya que enfermedades tropicales como la malaria se extendieron por toda Europa. Para combatir la malaria se utilizaba la quinina, sustancia derivada de un antiguo remedio inca extraído de la corteza del árbol de la quina. Este producto adquirió una tremenda importancia económica y social, algo que motivó a muchos investigadores a intentar conseguir su elaboración artificial.

Willian H. Perkin con 14 años
Tras dos años en el Colegio, Perkin ayudaba a su profesor en la búsqueda del citado fármaco, y a espaldas suyas probó una idea que en un primer momento pareció un fracaso, aunque casualmente comprobó que había obtenido una sustancia que servía para teñir los tejidos de un vivo color malva. Aquel fue el primer tinte sintético, bautizado como “púrpura de Perkin” en su honor.


Hasta aquel entonces los tintes se obtenían de sustancias animales, vegetales o minerales y particularmente los tonos púrpura y rojos oscuros carmín eran los más difíciles de encontrar. En la antigüedad, los fenicios obtenían el color púrpura a partir de una pequeña vesícula de unos caracoles marinos semejantes a los que en la actualidad conocemos como “cañaillas”. Se necesitaban unos diez mil caracoles para obtener un sólo gramo de tinte de la denominada “púrpura de Tiro”. Es por ello que obtuvo un alto precio y este color pronto se asoció a la realeza. En el imperio romano por ejemplo, sólo las autoridades más elevadas podían llevar esas tonalidades, algo que también el cristianismo adoptaría más tarde, basta apreciar los colores que llevan el papa y los obispos.

El alto precio, las dificultades de obtención de la púrpura y el secretismo industrial del proceso hicieron buscar otros tintes alternativos, aunque nunca obtuvieron la calidad del tinte fenicio. Siglos más tarde, el descubrimiento de América trajo tras de sí un hallazgo tan importante como poco conocido. Los españoles descubrieron cómo los aztecas obtenían un tinte rojo muy intenso de un pequeño animal que se reproducía en algunos cactus exclusivos de América, y al que acertadamente llamaban nocheztli, que quiere decir sangre de tunas.

Antiguo método de
recolección de la grana
El citado animal fue conocido desde entonces como la grana o cochinilla de las tunas y tenía unas ventajas destacadas frente a otros colorantes de la época: su color era más intenso y duradero, además de ser fácil de criar en grandes cantidades. El proceso de obtención del tinte pasaba por la trituración de los animales, su cocción y otros procesos químicos que permitían extraer el ácido carmínico causante de la tonalidad roja, y del que es origen el carmín de cochinilla. Pronto la industria textil pasó a depender de este minúsculo ser, que se convirtió en el segundo elemento exportador de la Corona española, sólo por detrás de los metales preciosos.

España controlaba la producción americana y el mercado mundial de la grana. No obstante, los primeros alzamientos independentistas aconsejaban el intento de cultivo en algunas zonas de nuestro país. Así, en 1820 llegaron a Cádiz ocho higueras tunas de México cargadas de cochinillas, que se plantaron y comenzaron a cultivar como hábitat alimenticio de la cochinilla. El intento de crianza gaditano no fructificó, por lo que se trasladó años más tarde a las Islas Canarias, donde sí prosperó como negocio. Curiosamente las tunas gaditanas tuvieron una importante repercusión posterior en nuestra gastronomía estival, pues aquellos ocho cactus pioneros no eran otra cosa que higueras chumbas, planta de origen mejicano que por entonces no existía en nuestro país.

Bajo esa especie de algodoncillo blnco se encuentran las cochinillas
 
Colonia de cochinillas en una chumbera

Tienen forma de grano oscuro o rojizo


Cuando Perkin inventó aquel primer tinte sintético, había iniciado sin pretenderlo la sentencia del negocio de la grana, llevando a la ruina a la economía de las zonas que dependían de él. Con 18 años, Perkin montó una pequeña fábrica para producir tintes con la cual se enriqueció, inventó otros productos y a la postre montó su propio imperio de los colorantes. A los 36 años, Perkin logró el sueño de cualquier españolito de a pie, servidor incluido, se retiró de los negocios a vivir de las rentas para dedicarse a su hobby preferido, en su caso la investigación. Sus descubrimientos marcaron un hito en aplicación práctica de la química, tal es así que en la actualidad la industria americana otorga anualmente la medalla Perkin como más alto honor a la investigación química industrial.

La medalla Perkin al mérito químico

Al tiempo que  prosperaba la industria de los tintes sintéticos, el negocio de la grana de cochinilla entraba en la ruina, por lo que estos animales pasaron a ser prácticamente olvidados, de hecho poca gente sabe cómo son y muchos no habrán oído hablar de ellos hasta este artículo.

La cochinilla es un pequeño insecto ovalado y escamoso, que suelta una sustancia cerosa por la cual recibe el sobrenombre de cochinilla harinosa. Se alimenta de la savia de las plantas, y en el caso particular de la especie que nos ocupa, del jugo de las higueras de chumbos. Vive toda su vida (unos 130 días) pegado a la higuera y casi no se mueve del sitio. Se puede reproducir por sí misma sin necesidad de machos (clonándose por partenogénesis), aunque esporádicamente una camada de machos alados surge para promover una mayor variedad genética. Cuando las hembras ponen huevos, una legión femenina de 300 nuevos individuos colonizarán otra zona de la higuera donde se iniciará su “apasionante” ciclo vital.

Macho alado de cochinilla

Existen otras muchas especies de cochinillas que, contrariamente a la de la higuera, son más dañinas. Algunas de ellas se convierten en auténticas plagas, sobre todo en los invernaderos. Es fácil observarlas en nuestros naranjos, se encuentran debajo de ese moho blanquecino que tienen algunas naranjas.

Pequeño grupo de cochinillas de especie distinta a la de las tunas
La grana vivió pues en el ostracismo durante muchos años, pero recientemente ha vuelto a resurgir; la normativa alimentaria actual y la creciente sensibilización respecto a sustancias artificiales con posibles efectos cancerígenos le ha concedido un nuevo estatus en el panorama comercial.

Algunos productos con el E-120
Hoy en día el colorante natural obtenido de la cochinilla está reconocido por la Unión Europea, es el denominado E-120. Se usa habitualmente en multitud de productos en sustitución de su homólogo sintético el E-124, aunque sólo las grandes marcas lo hacen, pues el colorante natural, además de más saludable, es más caro. Se usa en la industria cárnica (carnes, salchichas, fiambres...), en los lácteos (yogures, batidos, postres lácteos), dulces, vinos, barras de labios en cosmética, en farmacia y otros muchos usos más. Basta darse una vuelta por el supermercado y leer con detenimiento los productos para saber los que estamos comiendo, o más fácil aún, ir a la nevera, coger por ejemplo un yogur de fresa o macedonia de marca conocida y, después de degustarlo, mirar el dorso para descubrir el E-120. Muy rica la cochinilla estrujada, sí señor.

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