sábado, 11 de febrero de 2012

El matagallo



Hace muy pocas décadas, muchas las necesidades y utensilios que hoy en día consideramos básicos eran poco más que auténticos enseres del lujo, en algunos casos ni siquiera se sabia de su existencia y cualquier aparición en el mercado representaba una auténtica novedad por la que no cabía otra cosa que maravillarse. La frase típica para esto, que alguna que otra vez todavía se escucha a algún abuelete, era aquello de: “hay que ver el misterio de las cosas”. Sin ir más lejos, uno de los negocios más fecundos en cuanto progenie y posterior descendencia de artículos, como es el de los productos de limpieza, era cubierto casi en exclusiva con elementos caseros y naturales. Por aquel entonces no existía el extenso listado de ofertas de hoy en día, con nombres extravagantes propios de superhéroes de cómic tales como Calgonit Powerball, Ariel Essential, Fairy Ultra Caps o el lampiño Mr Propper entre otros, sino que se utilizaba el vinagre en la limpieza, o los clásicos jabones de "lagarto" y de sosa, que lo mismo servían para la ropa o el fregado que como remedio anticaspa (al parecer nada recomendables para pieles sensibles).

Alguno de esos antiguos elementos del “pasado” han venido casualmente a mi mano este mes. Por ejemplo el mencionado jabón de sosa, hecho con el aceite rehusado de freír, lejía y sosa, que por cierto te deja las manos bastante resecas una vez usado. Pero aparte de un detergente u otro equivalente, para limpiar es necesario un utensilio abrasivo que arrastrase la mugre, y para eso siempre ha existido un clásico en las cocinas: el estropajo.

Se sabe que los estropajos se usaban ya hace 4000 años, desde aquella época hasta principios del siglo XX ha ido variando su composición utilizando las más variadas fibras naturales. No obstante, el verdadero estropajo moderno no se inventó hasta 1917, cuando Edwin W. Cox, un vendedor de cacerolas estadounidense, tuvo la feliz ocurrencia de idear un estropajo de viruta de acero mezclado con jabón, utilizándolo como regalo en sus ventas para aumentar las mismas. El éxito de Cox fue total, de hecho abandonó las ollas por la industria del estropajo jabonoso inventada por él, tal es así que su marca ha sido la más vendida hasta hoy día en EEUU. Su nombre, S.O.S, fue dado por su esposa (Save Our Saucepans:  salvad nuestras cacerolas).
Productos S.O.S de la página oficial http://www.saveoursaucepans.com

Sin embargo, el estropajo jabonoso de acero no era precisamente un artículo muy común en las modestas cocinas españolas de la posguerra, su lugar siempre era ocupado por el de esparto. Pero en los hogares más humildes, especialmente en aquellos ubicados en el campo, cuando no había otra cosa se echaba mano de un elemento peculiar de los alrededores: bastaba cortar unos tallos con hojas de una planta y hacerlos un pequeño amasijo para conseguir un efecto que ya querría para sí el mayordomo del algodón, eso sí, con un poco más de insistencia.

La planta en cuestión es el matagallo, que a la mayoría sonará sólo a homicidio de ave de corral, pero que a aquellos que estén relacionados con el mundo rural sabrán de ella no sólo por su uso entre fogones, sino por otras muchas más cualidades.

Este arbusto, usado hoy en día en jardinería por su resistencia y capacidad de crecer casi en cualquier sitio, alcanza aproximadamente 1 metro de altura y se encuentra distribuido por toda nuestra comunidad. En España existen unas 8 especies que varían fundamentalmente en el color y forma de las flores, las más frecuentes de tonos amarillos o púrpura, todas caracterizadas por tener los tallos y hojas densamente cubiertos por una vellosidad blanca que les confiere un tacto aterciopelado. Precisamente esa cualidad era la que hacía que funcionase como estropajo, no hacía falta ni siquiera detergente, el propio jugo de la planta bastaba.
Flores de matagallo

Por otra parte el matagallo ya era usado desde los tiempos de la antigua Grecia como torcida o mecha de las lámparas de aceite, de ahí su nombre científico, Phlomis lychnitis, que proviene del griego Phlox (llama) y del vocablo griego lychnos (lámpara). Algo que también ha calado en el lenguaje popular, pues es conocida como candilera, mechera, hierba de las torcidas o simplemente torcidas.
Hojas de matagallo

Dentro de las agrestes labores del cortijo, una de sus propiedades residía en el uso veterinario a la hora de provocar la expulsión de la placenta en los partos de las cabras, además de que sus semillas se podían utilizar para engordar a los cochinos y servir como excelente ramaje para hacer prender las hogueras. En ocasiones, cuando no había un corcho para tapar un cántaro o botijo, se utilizaba también un gurruño de hojas y tallos para taponar el agujero. Y los niños gustaban de arrancar sus flores en forma de trompetillas para chupar el dulce néctar por el extremo arrancado, yo mismo he comprobado esa virtud, con cuidado de no aspirar algún bichillo que se encontrase dentro.

Planta de matagallo

También tenía uso en múltiples aspectos médicos: se utilizaba como remedio casero para los resfriados bebiendo la infusión que salía de hervir sus hojas, como diurético para combatir los cálculos renales, de vesícula y en cualquier afección estomacal, en baños de asiento para aliviar las hemorroides, para curar los sabañones, mezclado con altabaca para los golpes, machacado en forma de emplasto cicatrizaba las heridas más rápidamente y hoy en día se sabe además que ayuda a bajar el colesterol. 

Que más se puede pedir, ah sí, un uso en el ámbito rural como elemento higiénico, del cual sobran los detalles.

Tras sus incontables efectos beneficiosos, a priori podría parecer que sólo tiene un efecto nocivo sugerido por la interpretación de su nombre: la cualidad de diezmar a gallinas y gallos. Sin embargo, la palabra no tiene ese cruento significado, en realidad proviene de “mata de gallo”, por el parecido de sus flores a la cresta del citado animal. Salvado este infundado lunar negro en su expediente, podríamos decir que ciertamente estamos ante el auténtico tónico milagroso que los charlatanes de las películas del oeste vendían como curalotodo, remedio que, una vez más, se hace realidad en nuestra tierra.


(Publicado en junio de 2008 en Morón)


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sábado, 21 de enero de 2012

Sopa no... crema de caracol

1971 es un año muy especial para mí, muy pocos días antes de la entrada de la primavera, quizás esperando a que el buen tiempo llegara, vine a ver por primera vez la luz de este mundo con bastantes días de retraso respecto a la fecha prevista (casi un mes). En aquel primer instante mi esperanza de vida era de unos 70 años. 40 años después (ya casi 41), gracias a los logros médicos y a la mejora en la calidad de vida, me han sido otorgados estadísticamente casi 10 años más longevidad.

La buena noticia es que año a año esa esperanza de vida continua creciendo a nivel mundial, estando nuestro país entre los 20 con mayor longevidad del mundo. Sin embargo todo tiene un límite, pues se estima que el cuerpo humano puede vivir un máximo de unos 120 años. Muchos nos daríamos con un canto en los dientes por conseguir una vida tan longeva, aunque quizás hay que considerar otro parámetro en este aspecto, pues no se trata tanto del tiempo como de la calidad de la vida que lleves. En este sentido la juventud siempre ha sido una obsesión buscada por el hombre en múltiples direcciones:

En el plano esotérico, son incontables las historias sobre la existencia de la denominada “fuente de la juventud”, especialmente intensas en la era de los descubrimientos europea entre los siglos XV y XVII. Basta con rememorar el descubrimiento de América, que estuvo salpicado por la aparición de relatos sobre aguas curativas que devolvían a la lozanía a aquél que las bebía o se bañaba en ellas. Incluso hubo alguna expedición que se dedicó a bañarse en cada uno de los ríos, lagos, estanques, arroyos y pozas que encontró, sin más éxito y consecuencia que un excesivo reblandecimiento de los pies, supongo...

Por otro lado la cirugía plástica, hoy por hoy en pleno auge, ya venía siendo practicada desde siglos antes del nacimiento de Cristo, donde los injertos de piel y reconstrucción de defectos faciales estaban más avanzados de lo que creemos.

En una línea corporal menos agresiva, los esfuerzos se han centrado en la aplicación de productos basados en sustancias naturales que mitigaban o trataban de ocultar los efectos del tiempo, así, hace miles de años nació la cosmética. Los antiguos egipcios por ejemplo ya utilizaban el maquillaje y los aceites perfumados para la piel, incluidos los hombres, se ve que a ellos la cultura metrosexual les llegó un poco antes.

Hoy en día el sector de la industria cosmética mueve un volumen de unos 8.000 millones de euros al año sólo en España, y es que, a pesar de la crisis, parece que seguimos queriendo tener una piel más tersa y suave. El mercado está lleno de productos prodigiosos que nos son bombardeados continuamente por la televisión u otros medios. Aunque últimamente hay uno que me ha llamado la atención por su peculiaridad: cremas con extractos de baba de caracol.... desde luego por vender que no quede.

La verdad es que cuanto más he leído sobre esto, más opiniones para todos los gustos encuentro, pero lo cierto es que los caracoles no sólo se cultivan ya con fines gastronómicos, sino que también dermatológicos. El principal protagonista de este nuevo invento, al estilo de teletienda americana, es el caracol denominado como Cryptomphalus aspersa, más conocido entre sus amigos como burgao, único capaz de generar la “sustancia milagrosa”.

El burgao, la futura fuente de la juventud

Como en muchas ocasiones el descubrimiento fue fruto de la casualidad: en 1965 el doctor Abad Iglesias, especialista en oncología fallecido en 2003, descubrió que al someter a radiaciones al citado caracol, éste segregaba una sustancia distinta a la que utilizaba para deslizarse que le servía para sanar rápidamente los daños recibidos. Sus investigaciones tuvieron aplicación directa en Chernobyl y la guerra del Golfo, con el fin de utilizar un tratamiento para las quemaduras por radiación. A partir de ahí dio el salto al mundo comercial en el que ahora se encuentra.

Algo de cierto debe haber en todo, pues este animal no sufre apenas infecciones y, además, aquellos que en gastronomía manipulan estos moluscos tienen habitualmente las manos muy suaves y sus heridas cicatrizan pronto. Imagino también que por algo el mencionado doctor recibió en 2006 un premio de la Real Academia Nacional de Medicina por su investigación.

La sustancia en cuestión es extremadamente rica en proteínas y polisacáridos, se denomina cryptosina (que no cryptonita) y es generada por el animal cuando se le somete a radiaciones o se le estresa mecánicamente por rozamiento, presión u otros medios. La aplicación de este compuesto en nuestra piel estimula la formación del colágeno, de la elastina y de otros componentes que reparan los signos del fotoenvejecimiento.



Como se puede atisbar, en la actualidad se tiene un conocimiento más profundo de las causas del envejecimiento y las líneas de investigación para intentar atajarlo son cada vez mas variadas, pese a lo cual tengo la sensación de estar ya sentenciado (que no viejo ni mucho menos). Es difícil determinar el instante en que empezamos a envejecer, pero suele manifestarse a partir del momento de la máxima vitalidad, alrededor de los 30 años. Llegado un momento en esa etapa de la vida todos empezamos a sentirnos un poco más “oxidados”.

En realidad eso mismo es lo que nos está pasando. Nuestro cuerpo se oxida de manera análoga a como lo hace la carrocería de un coche, y el proceso es tanto externo, en nuestra piel, como interno. La causa estriba en  los denominados radicales libres, moléculas inestables que están inmersas en el ambiente o que nosotros mismos generamos cuando el oxígeno que respiramos llega internamente a las células. Dichas moléculas tratan de estabilizarse a costa de nuestras células, dejando a éstas maltrechas atómicamente y por ende envejecidas a la postre. Nuestro cuerpo está capacitado para neutralizar en parte a los radicales libres, pero la acción continuada de éstos durante años termina causando mella y envejeciendo a las células, proceso que se acelera aún más por la acción de otros elementos oxidantes como la contaminación atmosférica, el tabaco, los pesticidas y otros agentes bastantes comunes a nuestro alrededor. Pues bien, resulta que la criptosina del caracol también inhibe la actividad de los radicales libres.

Envuelto en este halo científico de caducidad corporal, mi espíritu aventurero de hombre ciencias tenía que salir inevitablemente en este artículo, y conforme redactaba estas líneas, a falta de un tarro de la “deseada” baba, me fui al campo hasta localizar al inestimable caracol. En ese momento, como buen investigador de película que aplica en sí mismo sus experimentos, procedí a la operación en algunas zonas de mi brazo. Evidentemente, después de una sola aplicación, no puedo decir que la baba de caracol me haya cambiado la vida. No obstante seguiré insistiendo, y en adelante informaré de los avances del experimento, eso sí, prometo comprar una crema y dejar tranquilo al sufrido animal.

Al final me compré la crema
(Publicado en noviembre de 2008 en Morón)



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martes, 17 de enero de 2012

España, tierra de conejos

Cada cierto período de miles de años, acontece en La Tierra una etapa glacial en la que las temperaturas bajan y los hielos de los casquetes polares avanzan hasta cubrir buena parte de los continentes.

El último de ellos sobrevino hace unos 80.000 años, significando drásticos cambios para la humanidad y el propio planeta en sí. Algunas tierras quedaron absolutamente inhóspitas al quedar cubiertas por los glaciares, el nivel del mar se redujo considerablemente (bajando hasta 100 metros) y se abrieron pasos entre distintos continentes e islas cercanas, algo que tuvo una enorme importancia en la expansión de la humanidad por todo el globo terráqueo.

Dicha etapa es conocida como la glaciación de Würm, cuyo momento más crítico aconteció hace 18.000 años, cuando gran parte de Europa se encontraba cubierta por un espeso manto de hielo que se extendía desde la mitad de Francia hacia el resto del continente.

Aquella masa helada, y la bajada de temperaturas asociada, provocó la adaptación de los animales al austero entorno, pero también empujó a otros hacia condiciones más favorables al sur, incluyendo al propio Homo sapiens. Uno de aquellos animales fue el conejo europeo, que tuvo que refugiarse en el sur de Europa, limitando su área de distribución a la península Ibérica, la mitad suroeste de Francia y una pequeña franja costera entre Túnez y Marruecos.

El conejo era pues prácticamente exclusivo de nuestro país y un gran desconocido para las culturas que fueron floreciendo en el mediterráneo y que arribaron a nuestra patria; fenicios, griegos y romanos. De hecho las primeras menciones documentadas datan de los historiadores Polibio (II a.C.) y Estrabón un siglo después. Su extrema proliferación era tal, que el nombre de nuestro país puede tener su origen en ellos. Algunos estudios etimológicos hacen referencia a que Hispania (y por derivación posterior, España), proviene de la voz fenicia i-shepham-im o i-spa-ya según otros textos, que al parecer significaba "costa o isla de los conejos”.

Los romanos, sorprendidos por la abundancia del animal, no tuvieron reparos en adoptar dicho nombre, incorporando la H por algunas leyes fonéticas propias. Y, aunque otras teorías postulan otros orígenes, por ejemplo su similitud a la ciudad Hispalis (en fenicio Ispani), parece que la teoría del conejo cobra fuerza, en tanto que otras personalidades históricas del imperio romano hicieron referencia a la misma.

Aquella abundancia de conejos tenía una clara explicación: De una parte la ausencia de grandes depredadores en aquella época, en la que salvando al lince, zorros y algunas rapaces, el conejo vivía relativamente tranquilo. Puede que también residiese en el secreto alimenticio de los conejos, vegetarianos sí, pero que practican una “habilidad” gastronómica denominada cecotrofia. Este curioso comportamiento obedece a que el conejo necesita hacer una doble digestión de los vegetales, en primera instancia las bacterias de su aparato digestivo digieren la celulosa, de la cual resultan los cecotrofos, unos excrementos verde oliva, blandos y brillantes que el conejo vuelve a ingerir, pues son ricos en bacterias y proteínas sin las cuales el conejo moriría. Tampoco debe resultarnos excesivamente escatológico, pues otros animales practican otras modalidades de doble digestión, como los rumiantes.

Un pequeño gazapo que atrapé con mis manos este año

No obstante, el principal factor está asociado a la extraordinaria capacidad reproductiva de este mamífero. Para que nos hagamos una idea, una pareja adulta puede tener entre 4 y 12 crías por camada, con un periodo de gestación aproximado de 1 mes y una entrada en celo casi permanente. Todo ello unido, hace que al año una pareja pueda engendrar perfectamente unas  60 crías. Éstas a su vez alcanzan la madurez a los 6 meses, lo que, en condiciones óptimas y a nada que se relíen un poco, hace que en un año podamos encontrarnos fácilmente con más de 300 conejos a partir de una sola pareja, 6 meses más tarde podrían ser 4500, y así seguirían creciendo exponencialmente.

Puede parecer una exageración, pero algo así sucedió en Australia en 1859, cuando el avispado granjero Thomas Austin, introdujo unas pocas parejas para la caza en el sur del citado país. Tres años después, sin un solo depredador claro que los diezmase, unos 14 millones de conejos habían invadido una superficie casi equivalente a la de media España. La lucha contra el conejo se inició desde todos los ámbitos, aunque tampoco es que estuvieran muy iluminados en la adopción de algunas medidas. Sin ir más lejos, en la introducción de zorros como depredadores, que por el contrario pronto aprendieron a cebarse en la fauna autóctona, más lenta que el huidizo conejo y no acostumbrada a ningún predador similar. Hoy, se estima que existen unos 300 millones de conejos en Australia, al margen de otro incalculable número de zorros, así que, ahí donde lo vemos con su gracioso aspecto, están catalogados entre las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

Volviendo de nuevo a la época de las nieves, tras el mencionado periodo crítico, los hielos empezaron a derretirse y retirarse, y las aguas volvieron a anegar las zonas costeras. De hecho, el momento culmen nos lleva incluso al bíblico diluvio universal, cuya explicación científica está asociada al derrumbamiento del dique natural que separaba el Mar Mediterráneo del entonces Lago Negro, hace unos 7500 años. El aumento del nivel del mar durante miles de años antes, entró en el lago (hoy en día Mar Negro) con una potencia semejante a 400 o 500 veces las cataratas del Niágara, devastando las costas que rodeaban al mismo en media Europa central.

La fisonomía terrestre había vuelto a cambiar, pero para los conejos simplemente representó otra oportunidad más de expandirse desde el reducto español. Y así lo hicieron lentamente por casi toda Europa, aunque en la mayoría de las ocasiones con la inconsciente complicidad humana que los iba llevando de un lado para otro. Desaguisado que el propio hombre ha tratado de arreglar posteriormente a cualquier precio, por ejemplo mediante la introducción del virus de la mixomatosis en Australia en 1950, con el que cayeron 500 millones de conejos, todo un éxito dado el desastre ambiental que 100 años antes el granjero Thomas había originado.



En el vídeo, un conejo que vi en la carretera cegado por la mixomatosis

Pero este tipo de poder es peligroso según en qué manos se encuentre, y en 1952 el médico francés Armand Delille, creyó ver la solución a la plaga de conejos que arrasaba los viñedos de su finca, soltando unos cuantos conejos infectados por el virus en sus inmediaciones. Sólo dos años después los conejos casi se extinguen de Francia y este virus, junto a otras enfermedades posteriores, llegó a España poniendo en jaque la supervivencia de los conejos. El daño ocasionado en otras especies que dependían de este animal fue brutal, hasta el punto que el águila real y el lince se encuentran desde entonces al borde de la desaparición.

Este es un aspecto que no conviene olvidar, y a veces me resulta curioso observar la animadversión que se tiene contra algunos depredadores autóctonos (lince, zorro, etc) y también respecto a otros introducidos hace siglos por los árabes (gineta y meloncillo por ejemplo), a los que se les achaca la escasez de cacería. Ellos simplemente tratan de sobrevivir y en cualquier caso la situación obedece a otros errores humanos.

Hoy en día el conejo también se ha convertido en mascota habitual de nuestros hogares, existiendo multitud de variedades en el mercado, que fueron creadas en su momento a partir de la combinación de distintas razas, aunque el origen de éstas tuvo inicialmente otros objetivos menos afectuosos: cárnicos o peleteros.

En lo que respecta al conejo silvestre, éste ha intentado recuperarse desde entonces, sobre todo a partir del año 85 en el que se autorizó la inoculación de una vacuna y su implantación en multitud de cotos. Pero en honor a la verdad, el país que lleva su nombre, la denominada la tierra de los conejos, casi se queda sin ellos. Nombre que posiblemente pueda parecernos poco glamuroso, especialmente cuando lo comparamos frente a la fuerza o personalidad que tenían otros como Icelenad (Islandia, tierra del hielo), Ireland (Irlanda, o Eire, tierra de la fertilidad), Greenland (Groenlandia, tierra verde) o Finland (Finlandia, tierra del fin)... si bien a la postre, y aunque sea sólo en lo fonético, quizás también debamos a ellos el poder entonar últimamente con bastante orgullo aquello de: yo soy español, español, español...

(Publicado en junio de 2011 en Morón)

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sábado, 7 de enero de 2012

Corbatas y gusanos de seda

Habitualmente, por las características de mi profesión y empleo, debo usar corbata como complemento al resto de mi atuendo. No es una prenda que me apasione en exceso, pues lo único que me provoca es cierta sensación de incomodidad al tener que abotonar hasta el cuello la camisa, sea invierno o verano.

Más de una vez me he preguntado a qué obedece el uso de este caprichoso elemento y, sobre todo, quién lo inventaría. Para esto tengo un compañero que siempre apunta que es para ocultar los botones de la camisa, aunque realmente esa no es una necesidad práctica, la única verdad es que es un simple elemento de valor estético y distinción.

El hábito de anudar una prenda al cuello se remonta al imperio romano, donde los soldados usaban un pañuelo para proteger la garganta del frío. También existen antiguas representaciones chinas en las que se ve a guerreros con un fular, sin embargo, todo esto son sólo usos primigenios que nada tienen que ver con su función actual. Los cierto es que, la moda de la corbata como tal, tiene su origen en el ejercito croata, cuando en 1635, durante la guerra europea de los 30 años, dicho ejercito fue a París a brindar apoyo al Rey Luis XIII y al Cardenal Richelieu, aquel mismo que 200 años después el escritor Alejandro Dumas incluiría en su famosa novela junto a D'artagnan. Los croatas llevaban una indumentaria muy característica con un pañuelo anudado al cuello, que no pasó desapercibido para la elitista y glamurosa sociedad francesa del momento, extendiendo su uso y evolucionándolo desde aquel momento. Los franceses lo denominaron cravatte o crovatta, término derivado de “croata”.

Pero seguimos sin responder del todo a la cuestión planteada: ¿a quién debemos entonces este adorno textil actual?, que realza la elegancia masculina a la par que estrangula la circulación sanguínea. Fue un fabricante de Nueva York llamado Jesse Langsdorf, quien en 1923 patentó la forma y corte que ha llegado hasta nuestros días. Para confeccionarla cortó tres trozos de la tela en diagonal de 45º respecto a los motivos de adorno, de ahí que las líneas o dibujos de una corbata estén siempre en diagonal en ese ángulo. Los tres trozos se cosían a mano posteriormente, de esta forma la corbata adquiría más consistencia y se arrugaba menos.

Extracto de la patente original de Langsdorf (pincha aquí para ver la patente completa)
 
No obstante, no nos engañemos, la pela es la pela y el objetivo fundamental de Langsdorf era también el económico: Para cualquier neófito en corbatas, escoger una buena corbata puede constituir una pequeña odisea, aunque si nos preguntasen qué queremos exactamente, es probable que pidiésemos una corbata de seda. El brillo, la suave caída del tejido, la elegancia del nudo obtenido hacen que este material sea el mejor, el inconveniente... el de siempre, hay que rascarse un poco más el bolsillo. Eso mismo le ocurría a Langsdorf, en la fabricación desperdiciaba tela, quizás seda, hasta que concibió el invento que le permitía aprovecharla mejor y reducir sus costes.


El estilismo de la corbata va unido en cierta medida al de la propia seda, las cualidades de esta fibra son muy singulares, su brillo natural obedece a que el hilo es de forma triangular y hace de prisma al pasar por él la luz, tiene unas magníficas propiedades como aislante, aguanta perfectamente la humedad y es una de las fibras naturales más fuertes que existen. El origen de la misma es animal y es utilizada para múltiples funciones básicas en su existencia: como elemento de construcción para nidos, para cazar, como protección a los huevos, etc. La segregan numerosos insectos y otros animales, sin embargo, de entre todas las sedas, la que presenta mayor calidad y propiedades textiles es la de un entrañable animal asociado a la infancia de muchos de nosotros, el gusano o mariposa de la seda, cuyo sobrenombre no es una simple casualidad.

Recuerdo como el ir a un moral para recoger hojas era todo un ritual en esta época del año, había que frecuentar el mismo con bastante asiduidad, pues la oruga de la mariposa de la seda está considerada como el animal del mundo que más come en proporción a su tamaño y tiempo de vida. Había que alimentarlas con hojas de mora exclusivamente, de lo contrario acababan muriendo, hoy sé que de ellas extraen el almidón que necesitan para fabricar la seda. A partir de ahí, veías crecer pacientemente a los gusanos hasta la agotadora construcción del capullo, en la que el animal menguaba y perdía buena parte de su tamaño. Al final, sucedía la esperada metamorfosis en mariposa y la eclosión de éstas para el apareamiento y puesta de huevos, guardados como un pequeño tesoro hasta el año siguiente. Las cajas de zapatos eran su habitáculo habitual y las de cierta marca de "quesitos" se utilizaban ocasionalmente como habitáculo de traslado.
 
Pero es en la formación del capullo donde hoy debemos prestar atención, pues éste está confeccionado con el apreciado hilo en cuestión. Lo curioso es que el gusano elabora el capullo con un único filamento continuo de casi un kilómetro de largo o más. El espesor del mismo es mínimo, unas diez micras de diámetro, la centésima parte de un milímetro, por lo que se necesitan entrelazar cuarenta y ocho de ellos para formar una fibra que se pueda utilizar como elemento textil.

Capullo de seda (de la últma vez que crié gusanos)

La obtención del hilo se realiza sumergiendo a éste en agua caliente para poder desenrollar el hilo al tiempo que realiza el cruzado con otros. Ese es el proceso que se utiliza hoy en día y que deriva del tratamiento ancestral que ya se efectuaba muchos siglos atrás. La tradición china cuenta que en el siglo XXVII a.C. el emperador Huang Ti envió a su esposa a comprobar cual era la plaga que asolaba a las moreras. La emperatriz comprobó que en el árbol se encontraban unos capullos que albergaban en su interior orugas. Accidentalmente uno se le cayó en su taza de té, del cual se desprendió un hilo con el que se podían obtener telas de una textura nunca vista antes. A partir de entonces se iniciaría el cultivo de los gusanos de seda o sericultura.

Batido de la seda (Mueseo de Belas Artes, Boston)



Durante muchos siglos el negocio de la seda fue de exclusividad china, entre otras cosas porque se promulgó un decreto imperial que castigaba con la pena de muerte a quien divulgara los secretos de obtención y fabricación de las telas de seda. Decreto y secreto perduraron algunos milenios, sin embargo el espionaje industrial es difícil de esquivar sea el siglo que sea, bien porque una princesa que se llevó en su pelo algunos capullos a India, porque otra vendió el secreto a Japón, o en otra ocasión unos monjes ocultaron huevos del gusano en sus bastones en dirección a Europa.

El secreto se fue extendiendo, aunque la calidad de la seda China nunca perdió su estatus. Es por ello que se estableció un amplio comercio a lo largo de toda Asia y hasta Europa, donde las telas de seda incluso se utilizaban como moneda de cambio. Es lo que se llegó a denominar la ruta de la seda, que describiría con tanto esmero Marco Polo y que perduraría durante años hasta que los españoles encontraron rutas alternativas por el Pacífico.

Hoy en día la patente 1447090 sigue registrada a nombre de Langsdorf, por lo que seguramente sus descendientes sigan ingresando pingües beneficios por la ocurrencia de su ancestro. De alguna forma esto, junto con otras aplicaciones de la seda, contribuirá a que este animal siga existiendo y viviendo aunque sea en cajas de zapatos, pues su domesticación es prácticamente total y no sabe vivir de otra forma. Por mi parte seguiré como hasta ahora, con la corbata enrollada en el bolsillo de la chaqueta esperando para colocármela en el último instante, pero con el grato recuerdo de las relajantes horas pasadas observando el devenir de estos animales.

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jueves, 5 de enero de 2012

Navidad con P de pavo

Pasaban los años, decenas, cientos, miles de ellos…, y el pavo salvaje, se asentaba como un animal característico de los bosques y otras zonas de Norteamérica. Hacía ya dos o tres milenios que los enormes mamíferos que habitaban la región habían desaparecido; mamuts, perezosos gigantes y otros mega-animales que finalmente sufrieron una de las grandes extinciones acontecidas en el planeta, debido entre otros aspectos a la caza intensiva ejercida por el hombre.

Pero él seguía allí, evidentemente no tenía la talla de aquellos otros, si bien, no era ni mucho menos pequeña, ya que a veces llegaba a alcanzar los 10 kilos de peso. Su belleza no alcanzaba a la de su medio primo asiático, el pavo real, más cercano al faisán que a él mismo, aunque en aquella zona se exhibía abriendo su gran cola en forma de abanico.

Prosperaba abundantemente desde el sur de Canadá hasta México, adaptándose a entornos muy variados. Sin embargo, sabía que ahora podía ser el siguiente objetivo de aquel voraz predador en el que se había convertido el hombre.

Puede que fuese sólo una casualidad, quizás un milagro, el caso es que la actitud humana dio un completo giro, y el hasta entonces agresivo humano lo acogió en su seno y cuidó de él. Aquel comportamiento cambió radicalmente el futuro del hombre, y a la vez del pavo. Era el inicio de la ganadería y la agricultura del neolítico americano que, prácticamente en paralelo, había comenzado hace ocho o diez mil años en distintas zonas del planeta.

Blanco de Holanda, una de las 9 razas domésticas descendientes del
guanaco, con su característica pluma en el pecho en forma de pincel
Pocos fueron los elegidos en la domesticación; el asno, la cabra y el cerdo en Egipto y Mesopotamia, éste último también en las regiones chinas, y en Sudamérica, la alpaca y la llama 4.000 años después. Lejos de todos ellos, el pavo, guajolote o guanajo como es conocido comúnmente, fue otro de los “privilegiados”, integrándose en las culturas que más tarde resurgieron en centroamérica.

Primero fueron los aztecas los que lo acogieron, siendo muy estimado por su carne y plumas. Cuando Hernán Cortés arribó a aquellas tierras, lo trajo de vuelta a la península, debido a las cualidades alimenticias que le otorgaban aquellos 10 kg de carne. Desde aquel momento, el pavo se extendió a lo largo y ancho del mundo.

Previamente a aquel viaje a Europa, hubo varios acontecimientos que marcarían el destino de aquel “pacto” con el hombre. El principal de ellos sucedió al inicio de nuestra era, cuando en Belén nació un niño que cambió totalmente el devenir de la humanidad. Era el de origen de la fe cristiana, uno de cuyos elementos fundamentales es el nacimiento de Jesús, el día de Navidad.

Por aquellas fechas, a miles de kilómetros de distancia, a nuestro pavo le era completamente indiferente aquel registro histórico al que quedaría estrechamente vinculado. Algunos años más tarde, la fecha del nacimiento de Jesús había quedado borrosa en el recuerdo, de hecho hoy en día los historiadores aún no han sabido definirla por completo. A partir de los evangelios ésta podría fijarse a finales de septiembre o comienzos de octubre, aunque esa es sólo una de muchas teorías. El Papa Liberio acabó con cualquier duda en el año 354 d.C. con un “decretazo”, haciendo coincidir dicho día con el solsticio de invierno (el día en el que el Sol está más lejos de La Tierra), establecido en aquel momento por los romanos el 25 de diciembre. De esta forma, la fiesta cristiana facilitaba la integración de aquellos que celebraban otros ritos mucho más antiguos.

Pasados casi 500 años, en los albores del siglo IX, Carlomagno consolidaba su imperio europeo estableciendo su sede en Aquisgrán (Alemania). Hasta aquel entonces, la liturgia y ritos cristianos se habían ido adaptando en sucesivos sínodos, concilios y cónclaves de todo tipo. El ayuno y la abstinencia eran algunos de estos conceptos, asociados antaño a la cuaresma y otras fechas como la Navidad. Nada tenía esto que ver con el pavo, del cual ni se sabía aún, pero, según parece, uno de los sínodos acontecidos en la citada sede, determinó que la ingesta de aves no infringía aquel precepto religioso en la fecha del nacimiento del Señor. Fue la sentencia para toda ave de corral, y seguramente, en la distancia, un escalofrío recorrió pechuga arriba al guajolote.

Pese a todo, aún seguía a resguardo en el lejano continente americano, hasta que la llegada de Cortés lo puso al descubierto. No obstante, sería otro desembarco muy distinto el que acabaría por rematar la faena: El Mayflower, un barco lleno de peregrinos puritanos, llegó a la costa estadounidense en 1620 y fundaron Plymouth. Nada acostumbrados a las labores agrestes, a punto estuvieron de fenecer aquel invierno, pero ayudados por la población autóctona de indios salieron adelante como pudieron. El 24 de noviembre del año siguiente celebraron la buena cosecha invitando a los nativos, y aunque no se sabe a ciencia cierta si el pavo “intervino” aquel día en el banquete, no tardaría mucho en hacerlo, convirtiéndose en plato fundamental de dicha fecha, el día de acción de gracias, extendiéndose también la costumbre al día de Navidad.


Cuadro de Jean Louis Gerome sobre el día de acción de gracias
Para el pavo estas fechas no son las mejores, no está para muchos de festejos, y más que nunca echa de menos su versión salvaje, que aún habita las mismas zonas de antaño. Aquella alianza forjada en el “corral” sigue vigente y continua siendo uno de de los elegidos, aunque ahora como miembro de honor del mantel.

martes, 20 de diciembre de 2011

El gran pavón nocturno


En el cine americano de ciencia ficción de los años cincuenta se puso de moda agrandar a los insectos y otros bichos para volverlos más terroríficos. En aquellos años, el planeta se las tuvo que ver en el celuloide con hormigas gigantes (El mundo en peligro, 1954), una monstruosa tarántula (Tarántula, 1955), mantis religiosas enormes (El monstruo alado, 1957) o una plaga de descomunales langostas (El principio del fin, 1957).
Este género cinematográfico volvió hace unos años con cucarachas mutantes del tamaño de un humano (Mimic, 1990), insectos alienígenas (Starship Troopers, 1997) y grandes arañas (Arac Attack, 2002).

Semejantes monstruos son sólo fruto de la imaginación y de la morbosa necesidad que tiene el ser humano de alimentarse de miedo viendo películas de terror. Pero en realidad, sí hubo una época en la seres parecidos existieron.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El violinista desmembrado (cangrejo violinista)

“Sin todas nuestras tradiciones nuestra vida sería algo tan inseguro como…un... como un violinista en el tejado”. Esa era la frase pronunciada por Reb Tevye, el protagonista de la película El violinista en el tejado, de la cual hace ahora 40 años de su rodaje.

Hace ya bastantes años que la vi por última vez, y, pese a no ser muy entusiasta de los musicales, quedé enganchado por el devenir de los acontecimientos y la sintonía de su tema central, “Si yo fuera rico”, cantinela que, a quién más quién menos, se nos pasa inconscientemente por la cabeza en los momentos que toca vivir estos últimos años.

En su argumento, ubicado históricamente en los años previos a la revolución rusa, la inestabilidad era una constante en las vidas de los habitantes judíos de la Rusia zarista de inicios del siglo XX. Ante ello, la respuesta de aquella comunidad, y en particular de Tevye, era unánime: ¡Tradición!, continuar haciendo lo que les había guiado por siglos. A pesar de ello, aquella sociedad se veía sometida a continuos vaivenes que hacían temblar los rectos pilares ancestrales de su forma de vida (un tanto retrógrada hoy en día), y, cuando esto sucede, no queda más remedio que dejar paso al cambio, a la adaptación y a la evolución, tanto que, los acontecimientos dieron lugar a una nueva diáspora, dispersando a los judíos por medio mundo.
En cierta medida, todos tenemos algo de violinista en el tejado tratando de guardar el equilibrio (otra frase del protagonista adaptada para esta ocasión), y, cuando el entorno se vuelve inseguro, nos aferramos a nuestras tradiciones, a lo que nos da estabilidad. Básicamente somos seres de costumbres y rituales, no sólo a nivel cultural, sino en nuestra totalidad, ya sea en casa o en cualquier sitio. En el trabajo por ejemplo, solemos hacer las tareas de la misma forma, creamos nuestros ritos (el café, la rutina del cigarro…) e incluso nuestros mitos entre los compañeros: aquel que es capaz de resolver determinado tipo de problemas, el experto informático, las costumbres del jefe, los que pertenecen al “lado oscuro”, etc. Todo ello, forma parte de algo que nos gusta mantener estable por pura seguridad. Incluso cuando la monotonía y el aburrimiento llaman a nuestra puerta, nos gusta salir de dicha situación con controlando la llegada de las nuevas experiencias.
En el mundo natural sucede algo parecido, los animales siguen sus hábitos y costumbres para salir adelante ante a los avatares que les depara su existencia. Podríamos poner miles de ejemplos, aunque hay uno al que el símil filmográfico le viene como anillo al dedo: el cangrejo violinista, cangrejo barrilete como es conocido coloquialmente por la forma de su caparazón o Uca tangeri en su nombre científico.
Un gran macho de cangrejo violinista con su pinza, me costó
lo mío atraparlo, pues a la mínima se escondía en el agujero.
(Éste fue fotografiado al lado de la carretera en Barbate)
La verdad es que hasta ahora no sabía de ellos más que por documentales en los que los veía agolparse en hábitat tropicales similares a los manglares y terrenos costeros sujetos a los vaivenes de la marea. Sin embargo, hace escasos días, el azar me llevó casualmente a un paraje del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, concretamente al situado en las marismas de las Salinas de Carboneros, cerca de Chiclana. No pude estar más que unos 30 minutos paseando por una vía de senderismo, de la que salí a las primeras de cambio para recorrer otros atajos más de mi gusto y descubrir para mi sorpresa al mencionado cangrejo.
El violinista recibe su nombre por la gran pinza que con exclusividad ostentan los machos, así como por el movimiento que éste realiza con ella a modo de supuesto violín. Sólo una de ellas es grande, de tamaño descomunal frente a la otra. La más pequeña, que sería la equivalente al arco para tocar, es usada para alimentarse, ya que “el violín” es inservible para dicho menester y prácticamente sólo se utiliza en la “actuación” o como equipamiento bélico cuando hay que intervenir en algún conflicto. La supuesta sinfonía no es más que una batalla gesticular que el cangrejo mantiene con sus convecinos, agitando su enorme violín a todo el auditorio presente, tratando a la par de disuadir a los machos y de atraer a las hembras.
Hembra de cangrejo violinista o cangrejo "barrilete"
El improvisado escenario no está esta vez en el tejado, sino más bien en los cimientos del hogar que a modo de túnel construyen estos cangrejos. Cimientos que se tambalean continuamente cuando, por el efecto compuesto de luna y sol, la pleamar llega dos veces al día. Para evitarlo, éstos tienen que pertrecharse en su bunker taponando la entrada, evitando que el tsunami marino se los lleve por delante. Así pues las reformas de alfarería en el patio de vecinos están a la orden del día, ya que hay que arreglar la entrada un par de veces cada 24 horas.
El antes y después de un bunker
Por otra parte la comunidad está bastante hacinada y apenas hay separación con el adosado del vecino, por lo que el ajetreo es continuo y las disputas “cangrejiles” son de lo más corriente, tanto que algunos se ven forzados al desahucio tras la usurpación de la vivienda o derrota por un contrincante más fuerte. Ante esto no hay más que una única réplica por parte del cangrejo: ¡Tradición! El violinista migrará a un lodazal cercano e iniciará una nueva vida con otros vecinos.
El "cangrejuego": pincha para ampliar y descubre los 17 cangrejos fuera del túnel
En mi mano, antes de dejarlo en libertad,
se observa el gran tamaño de la pinza o boca de la isla
Nuestro artista también asiste a otra costumbre más de la que debe preocuparse, aquella que desde antaño lo hace partícipe en primera persona del marisqueo efectuado en la zona, ya que de él se recogen las famosas “bocas de la Isla”, que no son otra cosa que las pinzas “violín” de los machos. Las bocas son arrancadas del cangrejo durante el marisqueo, dejando suelto al mutilado al artista. Despojado de su instrumento vital parece, que el violinista poco tiene que hacer ya. Sin embargo, como Tevye, en las situaciones comprometidas los individuos se adaptan y evolucionan. El violinista no ha sido menos, y en su próxima muda para crecer, se desprenderá de su exoesqueleto regenerando una nueva en el lado opuesto, arreglando de paso cualquier otro desperfecto corporal para volver otra vez a sus rituales: ¡Tradi…
No obstante, es probable que el nuevo violín ya nunca tenga las excelsas características del de antaño, ya que algunas especies de cangrejo fabrican un sucedáneo de bajo coste, más ligero y sin dientes, más fácil de regenerar, aunque ya no tendrá la fuerza ni resistencia de la pieza original. Es en este momento cuando el cangrejo sacará el máximo partido a sus dotes interpretativas, y se exhibirá, si cabe aún más, exagerando sus gestos con la pinza de “plástico”. Claro que, esto durará hasta que algún contrincante termine por descubrir el farol al retarlo de cerca.
La carne de la boca es valorada por su exquisitez, de color blanco y más fina al paladar que la de las pinzas o patas de cualquier otro tipo de cangrejo, vendidas también cómo bocas de menor calidad. Al parecer el kilo de bocas frescas de la isla puede estar rondando los 20 o 25 €, y casi el doble cocidas en una marisquería. Aunque de esto no sé demasiado, ya que no he heredado los gustos marisqueros de mi padre, y ante la duda siempre prefiero unas buenas gambas a cualquier otra opción.
No es de extrañar pues, que sean objeto de deseo del marisqueo. El problema estriba en que actualmente el número de licencias concedidas para el marisqueo a pie es de unas 162 en todo Cádiz, y el marisqueo ilegal en las familias de renta baja es bastante habitual para poder llegar a fin de mes. Sin ir más lejos ese mismo día en Carboneros, a unos 20 metros de mí, divisé al otro lado del caño a un hombre embarrado hasta las rodillas, introduciendo una y otra vez la mano en el fango hasta encontrar algo que echaba en un cubo. Ante mi ignorancia, ingenuamente pregunté desde lejos qué estaba cogiendo. La seca, escueta y de tono grave respuesta emitida lo puso en evidencia: “coquina”, sólo le escuché mascullar. Al parecer mi pregunta fue un tanto molesta y el susodicho ni levantó la cabeza, siguió a lo suyo… y yo a lo mío. Que me disculpe aquel chiclanero, si es que era de allí, pero, por lo poco que sé, creo en dicha ciudad apenas hay concedida una de las mencionadas licencias.
Finalmente, para la presente ocasión, además de ver la película, hice una vez más la ronda habitual por las grandes superficies con el fin de degustar el manjar. Tan sólo encontré “bocas chicas” a 8,35 €/kg, que a simple vista no se correspondían con el Stradivarius de nuestro famoso solista.
Las menos selectas: bocas chicas
Se ve que últimamente acabo los artículos dando vueltas en el supermercado, así que, frente al fracaso gastronómico, trataré de volver de nuevo a Carboneros con más tiempo para contemplar los conciertos de nuestro intérprete, y de paso quizás puede que a “otros” visitantes asiduos de la marisma.  Licencia Creative Commons El violinista desmembrado por Kamereon se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en www.almabiologica.com.

lunes, 28 de noviembre de 2011

¿Qué fue de la plata de Morón?


“Eran dos las fuentes, la actual que sigue en pie y otra que estaba detrás de la antigua cárcel. Entrábamos por el agujero que había en ésta última, había que ir medio encorvada, sin saber qué pisábas en el suelo encharcado. Usábamos una cerilla para ver algo y la excursión duraba el tiempo que ésta tardaba en apagarse, lo que hacía que regresásemos asustadas corriendo a la entrada. En siguientes ocasiones ya llevamos una vela. Tras cada tramo de túnel, se llegaba a una habitación con forma de bóveda y del ancho de un zaguán, labrada en bruto sobre el terreno. En la tercera habitación se decía que ya estábamos debajo del Calvario. A partir de ahí había un recodo que supuestamente desembocaba en el castillo”

“Como no teníamos linterna, cogíamos una alpargata vieja y le prendíamos fuego como a una antorcha. La goma de la alpargata hacía de combustible y cuando salíamos teníamos toda la cara negra por el hollín. Había un momento en el que seguir adelante ya daba miedo, porque el agua llegaba casi a la rodilla”

Mi madre y otros testimonios, en un día cualquiera a mediados de los años 50.

La antigua fuente de la plata antes de revelar su galería oculta
Colección Local Biblioteca Pública Municipal Morón de la Frontera

Alrededor del año 200 antes de Cristo se sucedían en Hispania las denominadas guerras púnicas entre cartagineses y romanos, en las que, al margen de decidir la supremacía de una de las dos potencias mediterráneas, estaba en juego el territorio hispánico, y con él sus riquezas comerciales.

Por aquellas fechas concretas, era la región Bética la que se encontraba en liza, cayendo finalmente del lado romano. Nuestro territorio era considerado como uno de las más fértiles del Mediterráneo, y su agricultura, ganadería y pesca sirvieron para sustentar a buena parte del imperio romano durante siglos.

Al “rico” patrimonio gastronómico había que unir además la importancia minera de la zona, en la que destacaban el cobre, plomo y plata. Morón no era una excepción, y nuestro municipio siempre tuvo en sus alrededores amplios depósitos mineros de variado carácter; mármoles, jaspes, magnetita, pirita y otros minerales, tanto preciosos como constructivos, aparecen reflejados en antiguos escritos que parecen tener como origen a esta población.
La plata era también abundante por estos alrededores. Su filón principal se encontraba en la sierra de Laita o Laitar, cercana a Montellano, yacimiento que aún era explotado hace unos 160 años. De hecho, se atribuye el origen fenicio de nuestra ciudad, Arunci, a la extracción del mineral de dicha mina, aunque eso sólo son conjeturas.

Ese canal en la tierra son los restos de la mina de Laitar

El agujero aún sigue abierto tras un par de miles de años
 
Un par de metros en el interior de la mina

Siglos después, la llegada de los árabes y posterior reconquista cristiana no fue indiferente a los recursos de nuestra zona, que fueron utilizados para fortalecer y embelesar el castillo. El tosco recinto que hoy conocemos llegó a convertirse en una fortaleza-palacio de destacada importancia y belleza. Hecho éste que le valió para alzarse como uno de los 24 reinos de taifas de la península y, una vez concluida la etapa musulmana, en residencia-palacio de la nobleza. Así fue hasta ser derruido durante la invasión francesa.

              El Reino de Morón y otras Taifas en el año 1031


A principios del siglo XX, la torre “gorda” (del homenaje) era propiedad del Teniente Antonio Copado, nombrado oficial en la guerra de Cuba, el cual, tenía en su haber antiguos libros sobre el propio castillo. En aquella época, los valiosos yacimientos de plata estaban más que agotados, pero el Teniente quiso descubrir un tesoro de otras características. Según aquellos textos, bajo una piedra que hacía de tapón, se encontraba una escalera que daba acceso a una sala en la que presuntamente había un candil de oro de incalculable valor. La losa, la escalera y la habitación estaban allí, aunque el candil jamás se halló.
El Teniente Alcalde Antonio Copado Rosado

De tales acontecimientos toma su origen una coplilla chirigotera del momento: “En lo alto del castillo, los obreros que allí escarban, en busca del candil de oro, y era una arroba de aceite que se la dejó allí el moro. Y Don Antonio Copado, está loco de alegría, en ve que se pone rico,  cuando éste asome la torcía”. Al margen del peculiar sentido humorístico de la época, no he podido dejar de sonreír al ver que alguien recordaba esta letra y hasta era capaz de cantarla.

La torre del homenaje (centro) y la torre albarrana (izquierda)
Efectivamente, lo único que se encontró fue una “tinaja” llena de aceite, y a pesar de que excavaron en la habitación, no hallaron otra cosa más que sobresaltos por el repentino apagón que las lámparas experimentaban en aquel lugar. Es de suponer, que Copado también exploraría los túneles del castillo, entre otros aquellos que sirvieron de escape subterráneo a los moros hasta el pozo de Sevilla (ubicado en los alrededores de la Estación), a 1 km de distancia del recinto militar. No mucho después, el Teniente, amedrentado por aquellos inexplicables sucesos, terminó vendiendo la torre del homenaje a un cabrero por 30 reales (6,5 pesetas de la época).

Entrado ya aquel siglo, las antiguas explotaciones mineras dieron paso a otras más recientes en las que se extraían materiales constructivos de tipo sedimentario; calizas, yesos, e incluso uno tan abundante que toma el nombre de nuestro propio municipio, la moronita (genéricamente conocida como Kieselgur), utilizada por Alfred Nobel como estabilizador de la nitroglicerina al inventar la dinamita.

Tras siglos y siglos de actividad minera, la mayoría de los montes de nuestros alrededores han quedado marcados por socavones de mayor o menor tamaño, pasando entre otros por la maltrecha sierra de Esparteros. Muchos de ellos ya han sido restaurados por la propia naturaleza y agregados como parte del entorno con el devenir de los años. Sin embargo, al margen del alto legado en “cráteres”, aún hoy en día perdura un nombre en una zona de la ciudad, que ha sido incorporado de manera natural al vocabulario municipal; la Plata, pero que parece encerrar algo más que una simple palabra.

Extracto de la gaceta mensual Mercurio Histórico y Político de 1778
En él hace referencia a las minas de plata de la fuente y Laitar
(en Laitar también se halló una galería pero no debe prestarse a confusión con la de la plata)

Las especulaciones históricas sobre este enclave han sido innumerables, no obstante, diversas crónicas del pasado mencionan un yacimiento del preciado metal junto al pueblo, justo en la zona que heredó el citado apelativo. En dicho lugar se hallaba la fuente descrita al inicio, la fuente de la plata, además de otra que aún se conserva y con forma de templete como la original. Con el paso del tiempo, se destruyó parte de la misma, puede que en la construcción de la antigua cárcel allí ubicada, dejando a la vista lo que ocultaba tras de sí.

En las proximidades de ambas fuentes, los restos de varias canteras a cielo abierto bordeaban la ciudad, constituyendo el espacio conocido como el Calvario. El Calvario llegaba a su máxima expresión en los hondos tajos del cerro colindante a la propia fuente, en los que algunos desafortunados se quitaban la vida mientras otros la perdían por descuido en el lugar conocido como la “ventanilla de la muerte”.

1 Fuente actual. 2 Posible ubicación antigua fuente. 3 Cantera del Calvario
La plata y el calvario en la actualidad (foto tomada de Google)

Junto a aquel sitio se arremolinaban en chozas y casas una serie de personajes propios de una película de Berlanga: Manolito el de la azalea, quitaba y curtía las pieles de los borricos y otras bestias que eran arrojadas a las proximidades del lugar, su singularidad se veía acrecentada por la respuesta que daba cuando se le pedía que cantara; “las atafómeras’ me roban el cante”. Rosarillo la de los molletes, se ganaba la vida vendiendo pan por la calle, aunque se ve que aquel oficio no daba para mucho, pues la pobre no tenía ni para ropa interior, y era entretenimiento de los niños el levantar el vestido desde atrás con un palo. La Aria, siempre ebria tirada en cualquier sitio de la calle, o el Paragüero, oficio sin duda singular y que ostentaba en exclusiva en la población. Fauna autóctona de la época, a la que había que unir chiquillería variada que, como deporte de alto riesgo, visitaba aquel negro agujero que conducía a los túneles del castillo según la leyenda urbana.

En rojo un trazado hipotético del supuesto túnel desde la plata
En azul la distancia del túnel existente desde la torre albarrana hacia el pozo Sevilla
(Foto de Morón de los años 60)

La fuente actual del templete
De todo aquello ya casi no queda nada, salvo el nombre de la calle que da entrada al municipio desde el suroeste, la Avenida de la Plata, que, flanqueada a su derecha por montes horadados de aquellas canteras, nos lleva a la deteriorada fuente del templete hexagonal. Imitando al Tte. Copado, he recorrido a pie toda la zona buscando un tesoro, no un candil de oro, sino algún mínimo rastro de lo aquí relatado. El Calvario ha sido rellenado y prácticamente absorbido por el pueblo. En los cerros, nada de plata, como mucho algún cuarzo de buen tamaño. Respecto a la antigua fuente no hay señal alguna, probablemente haya quedado oculta tras las nuevas reformas en los edificios aledaños. Quizás sólo una obra hidráulica o puede que un pasadizo hasta la fortaleza de la ciudad, pero sin duda una joya arqueológica de incalculable valor que hemos perdido para siempre. ¿La plata?, seguramente también se la llevó el moro, como dice la chirigota, y si no algún cristiano.

En rojo, algunas canteras en la entrada del pueblo de ellas también se extraía
 tierra “pucelana” para las casas. Arriba, el Calvario, actualmente relleno
(Foto de Google Map)

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Basada en una obra en www.almabiologica.com.